Nuestra identidad

La llamada de Cristo, el amor por nuestro tiempo y por nuestra tierra, nos invitan a ponernos en marcha, juntas, en un camino de formación continua.

El siglo XIX: una época compleja, marcada por la lucha por la libertad, la justicia y la fraternidad, por la negación de Dios y por una religiosidad conformista, pero también profundamente sellada por caminos audaces de santidad abiertos por muchos hombres y mujeres.

Fue en ese momento de la historia cuando María Eugenia de Jesús fundó una nueva Congregación religiosa, para responder a la llamada de Dios aceptando el desafío de su tiempo.

Un antiguo discípulo de Lamennais invita con insistencia a la joven María Eugenia, recién convertida, a emprender un proyecto de educación. El padre Combalot está convencido que la regeneración de la sociedad llegará a través de la mujer: ella es, por su papel en la familia, educadora de la sociedad. La nueva época requiere un nuevo tipo de educación que esté tanto en armonía con los avances de las ciencias humanas como con las aspiraciones y los sueños de los pueblos.

Maravillada por la belleza del Reino de Dios, María Eugenia ve que una Congregación religiosa, a través de una educación impregnada de los valores y de la visión del Reino de Dios que Jesucristo vino a proclamar y a establecer en la tierra, podría contribuir a un cambio radical de la sociedad.

Tiene la intuición que la regeneración de la sociedad sólo puede venir de la Palabra de Dios que llama a los miembros de la familia humana a la conversión, a volverse hacia Dios y acoger su Reino. Este Reino no es el resultado de una voluntad o de una acción humana, sino una gracia sobreabundante que hace que los corazones se vuelvan a Dios por el amor. Así, Dios y su pueblo se convierten en el centro y ocupación constante de María Eugenia. La dimensión social del Reino o de la Ciudad de Dios no es pues un programa político ni una ideología impuesta desde el exterior, sino un camino de vida que crea un orden interior de prioridades y de valores que estructuran tanto a las personas como a la sociedad en el amor, la justicia y la paz.

María Eugenia expresó su deseo de dedicarse al advenimiento del Reino como la voluntad de pertenecer a la Ciudad de Dios –donde según San Agustín el amor de Dios es llevado hasta el olvido de sí mismo- y como un trabajo por extender el Reino de Dios en nosotras mismas y en el mundo. Este camino y esta enseñanza hicieron de ella una santa que nos guía, no solamente a una piedad y una felicidad personal, a la “salvación de nuestras almas”, sino a una colaboración en la gran misión de Jesús para la salvación del mundo1.

Para las Religiosas de La Asunción, así como para todos aquellos y aquellas que, después, han sido atraídos por Dios en este camino, la obra de educación con vistas al Reino de Dios se concreta en un estilo de vida y una misión vividos en seguimiento de Jesús y bajo la inspiración de su Espíritu2.

Herederas de este carisma de educación, comprendemos nuestra misión como un proceso que libera a la persona humana y transforma la sociedad según el Evangelio. Eso exige de nosotras, Religiosas de La Asunción, una vida de fe fuerte. Nuestra vida de contemplación y de estudio debe llevar a una transformación, una “cristianización” de la inteligencia por medio de la verdad; debe hacernos vivir en una fe que se convierte en “la atmósfera de nuestras almas”3.

En nuestra época marcada por la mundialización, la complejidad de las relaciones entre las naciones, las tecnologías de la comunicación, el aumento de las migraciones, la inquietud por el futuro del planeta, nuevas formas de persecuciones religiosas, una intensa búsqueda de espiritualidad y de sentido, diferentes corrientes teológicas y movimientos eclesiales… nosotras discernimos la urgencia del Reino y reconocemos que “ahora es el tiempo favorable” de vivir nuestro carisma de manera renovada.

La llamada de Cristo, el amor por nuestro tiempo y por nuestra tierra, nos invitan a ponernos en marcha, juntas, en un camino de formación continua.

  1. “El pensamiento que presidió la fundación de esta obra es un pensamiento de celo”, Carta de M. María Eugenia al Padre Gros, superior eclesiástico, N. 1504, Noviembre 1841.
  2. “La vida contemplativa iluminada por los estudios religiosos, y principio de una vida activa de fe, de celo, de libertad de espíritu.” Carta de M. María Eugenia al Padre d’ Alzon, 1590, 27 de agosto, 1843.
  3. “Instrucción.” de Capítulo, 3 de marzo de 1878.