Nuestra espiritualidad

A través de los tiempos, el Espíritu Santo ha suscitado hombres y mujeres que han marcado un camino de Evangelio en las diferentes etapas de cambio de la historia. Si bien el Evangelio es el mismo para todos y todas, las personas pueden sentirse atraídas y llamadas a imitar algunas actitudes particulares y acciones de Jesús como respuesta tanto a sus aspiraciones personales como a las necesidades y a la problemática de su tiempo.

María Eugenia ofrece un camino sencillo que se dirige a todos. Muy joven, tuvo una experiencia de Jesucristo y de la Iglesia, experiencia que se revelará como su camino hacia Dios y hacia la santidad. Ella se alimenta de los tesoros de la Iglesia y crea una nueva espiritualidad que une la oración, el estudio y el apostolado: una fuerte vida de comunidad con una acción enraizada en la contemplación, la adoración de Cristo en el Santísimo Sacramento y la Liturgia de las Horas, el desprendimiento gozoso, invitación a ver las cosas como Dios las ve. Esta espiritualidad se nos ha transmitido a través de sus escritos y la experiencia de generaciones de hermanas.

María Eugenia nunca separa a Cristo de la Iglesia, que es su Cuerpo y el instrumento del Reino. Quiere que su Congregación dé a conocer y amar a Jesucristo. Ella ama a la Iglesia en su historia, su espiritualidad, sus santos y todas sus obras.

La Encarnación, Misterio central de la fe cristiana, por el cual todo lo humano se diviniza, se encuentra en el corazón de la espiritualidad de La Asunción. Es por ello una espiritualidad de transformación en Cristo. La importancia de las virtudes naturales se enraíza en esta manera de comprender la Encarnación.

En la larga vida de María Eugenia, encontramos pocas experiencias espirituales extraordinarias, pocos sufrimientos extremos, ninguna acción heróica. La mayor parte de las circunstancias de su vida, así como el camino que propone, son ordinarios. Sus numerosos escritos nos han dejado huella de sus esfuerzos y sus combates cotidianos, de la división de su familia y de sus curaciones interiores, sus actividades incesantes: finanzas, viajes… todo el trabajo que implicaba la constitución de la Congregación y sus diferentes misiones.

“Mi mirada está puesta en Jesucristo y en la extensión de su Reino”1. Esta doble pasión, que habitaba a María Eugenia, nos habita también a nosotras hoy:
La vida contemplativa nos pone a la escucha de Dios, para escrutar su Palabra y discernir juntas los signos de los tiempos.

  1. M.María Eugenia, Origines I 2ª parte, capítulo XI.