Desprendimiento gozoso de las cosas terrenas

Capítulo de Santa María Eugenia –  19 de mayo de 1878

Quiero hablarles hoy de una de las consecuencias prácticas del espíritu de la Asunción. Aunque las virtudes sean las mismas en todas partes, en el modo de practicarlas, se manifiesta el espíritu de la Congregación.

Todo el espíritu de la Asunción conduce a un desprendimiento gozoso de las cosas terrestres, a una disposición a elevarse por encima de sufrimientos y dificultades, sin detenerse en quejas, sin perder tiempo en ello. 

La Santísima Virgen que asciende por encima de la tierra, en el misterio de la Asunción, nos llama a elevarnos con ella a una vida celestial, y a poner en el cielo nuestros pensamientos y afectos.  Además, esta característica de ser adoradoras, que es la primera que he destacado, hace que, al adorar todos los derechos de Dios, queramos adelantarnos a su voluntad con absoluta confianza en Él.

También les he dicho que, entre las diferentes doctrinas, hay que escoger las que resaltan la bondad y sabiduría infinitas de Dios, las que nos recuerdan que es Padre y podemos arrojarnos en sus brazos confiando y esperando todo de Él. Todo lo que nos invite a amar más Dios, es lo que debemos pensar, en vez de hacer caso de todas esas ideas en las que han incurrido mucha gente, y que no se parecen a lo que Dios es realmente… 

¿Por qué no tener un desprendimiento gozoso? ¿No nos invita todo a ello? Si Dios es nuestro Padre vayamos a Él, que es la bondad infinita cuya misericordia sobrepasa su justicia. Esto va en el sentido de la adoración: aceptar todo como venido de la mano de Dios. No una aceptación triste, desoladora, sino gozosa y confiada. Antes de conocer su voluntad, ya confiamos en Él, y a medida que lo conocemos, lejos de lamentarnos, tomamos las cosas por el lado bueno con un cierto desprendimiento gozoso de toda visión humana o terrena.

Después de la adoración, les he hablado del espíritu de san Agustín: su amor a la verdad, a la Iglesia, a Nuestro Señor Jesucristo, a la Santísima Virgen, a los demás; el deseo de extender el Reino. Teniendo todo esto para ocupar la mente, ¡no podemos detenernos en lamentaciones, en quejas, ni en cosas terrenas! Todo el tiempo hay en la vida, dificultades, obstáculos, sufrimientos. No nos explayemos en lamentaciones sobre las cruces e inconvenientes que encontramos, sería tiempo perdido que podríamos emplear en llenarnos de verdad, de amor, y en trabajar en el servicio de Nuestro Señor y su proyecto.

Por otro lado es justo y Dios quiere que ante todo obstáculo o dificultad, busquemos una solución. Dios no nos ha puesto en la tierra como criaturas pasivas, como los mahometanos que dicen: « ¡Dios lo ha hecho! ¡Mahoma es su profeta!». Somos criaturas dotadas de inteligencia y de libertad; y debemos, por medio de las reglas de la Iglesia y de las virtudes, salir de las dificultades y hacer frente al espíritu del mal.

Estoy totalmente de acuerdo con san Ignacio cuando dice que, ante una dificultad, preocupación o disgusto, busquemos las luces de la sabiduría y de la prudencia, como si sólo contásemos con nosotros mismos; pero sabiendo que contamos únicamente con Dios. Muchas personas del mundo se detienen en los inconvenientes, obstáculos o dificultades que encuentran; y cuando se les pregunta: «¿Qué solución ves?» no lo saben, no buscan ninguna.

Creo que, con este desprendimiento gozoso que nos viene del espíritu de la Asunción, dejamos de lado, como dice un Profeta, los “ay”, las lamentaciones, y sólo buscamos lo que Dios quiere que hagamos, para sacar de los incidentes el mejor partido posible para su servicio y para su gloria.

Una frase de la Biblia expresa esto perfectamente: «Todo concurre para bien de los que aman a Dios». He aquí la razón para no lamentarse: todo -sin excepción- concurre para bien de los que aman a Dios: las faltas, cuando uno se arrepiente; las dificultades, cuando se las acepta; las penas, cuando, con ellas, se adquiere paciencia; los enemigos, el mal, las pruebas, las tentaciones, la salud, las impotencias u otras situaciones en que podamos encontrarnos, las dificultades en la oración, las luces cuando se tienen, los consuelos que son un don de Dios, todo se convierte en bien de los que aman a Dios. Al abordar las cosas de esta manera, comprenderán con qué desprendimiento gozoso, con qué fuerza y confianza, con qué libertad de espíritu, con qué sencillez y rectitud, con qué desapego de cosas y de palabras inútiles se sobrelleva todo. 

Qué nos puede detener cuando lo afrontamos diciendo: «He aquí la voluntad de Dios, la acepto de todo corazón, la quiero, la adoro…”.  Podemos decir: he fallado, pues bien, me levantaré sin turbarme; porque «todo coopera al bien de los que aman a Dios”, dice san Pablo, y san Agustín añade: “incluso el pecado». 

No hemos sido hechos para la tierra, tratemos de elevarnos por encima de todas las penas y todas las dificultades, saliendo adelante lo mejor posible con los medios al alcance: las normas, la obediencia e incluso la prudencia natural. No perdamos en lamentaciones continuas, el tiempo precioso de la vida.

Uno de los grandes males de nuestro tiempo, es replegarse en sí mismo. Muchas personas que no tienen ninguna notoriedad, escriben su historia, anotan todo lo que han dicho y hecho, sin que haya en ello nada interesante. Nosotros, en cambio, tenemos grandes objetivos, como extender el reino de Dios en el mundo, y ¡qué lastima si, por ocuparnos de cosas personales o egocéntricas, perdemos de vista tan importante intencionalidad!  ¿Por qué no animar todos nuestros pensamientos, todas nuestras palabras, todas nuestras acciones con un deseo ardiente? Eso podría liberarnos y disponernos a una entrega gozosa al servicio de nuestro Padre celestial.

A medida que uno se desprende de palabras y pensamientos inútiles, de quejas y preocupaciones, se alcanza mejor el reino de Dios. Uno mismo se colma de bienes mejores, buscando una palabra de fe que puede caer bien, se habla con más frecuencia con Dios y de Dios. Con ello, todo es ganancia; y si hay algo qué perder, es cierta necesidad de dar vueltas a sí mismo; si esto nos ocurre, pidamos a Dios que nos aparte de esta tendencia. 

Antes de la caída, la humanidad veía todas las cosas en Dios, y a Dios en todas las cosas; pero cuando su visión se enturbió por el pecado, su inteligencia se oscureció por la ignorancia y el mal espíritu se extendió; empezó a detenerse en cosas superficiales y egocéntricas. Cuántas personas, en esta ciudad de París, se la pasan en el materialismo y la superficialidad. Alguien las comparaba con esas ardillas que dan vueltas y vueltas sin cesar, con una agilidad fatigosa e inútil. Se levantan, se arreglan, hacen visitas, van al parque, vuelven a casa para comer; después asisten a un espectáculo o a una fiesta. Se crean obligaciones infantiles; su vida transcurre en una agitación febril, no tienen tiempo de nada. Pero es una vida completamente inútil pues no es natural que un ser inteligente, se complazca en dar vueltas así en un círculo vicioso. Y, sin embargo, es un hecho: ¡cuántas personas de ese mundo no conocen otra cosa! ¿Qué dan a Dios semejantes vidas? ¿Cuáles son las obras que hacen para Él?  Tenemos que protestar contra esto, no sólo alejando a nuestros alumnos del mal, sino también previniéndolos contra una vida inútil, que olvida orientar todo hacia Dios, nuestro fin último.  Desprendámonos, pues, cada vez más de esta inclinación al mal; dejemos las pequeñeces, lo que no es esencial, para elevarnos constantemente hacia Dios.  Ocupémonos de su proyecto, de amarlo y de llegar a Él por este desprendimiento santo y gozoso. 

Siempre hemos reconocido esto como una de las características de nuestro espíritu y como la conclusión de los distintos principios que hasta ahora hemos expuesto.